Y lo hacen de la mano de la joven Rebecca West, hija de una de las ajusticiadas y que se salvó del cadalso (horca) por acusar al resto de las mujeres injustamente acusadas en el proceso. También revisa la figura del cazador de brujas de esos años, un tal Matthew Hopkins, representante de ese puritanismo radical que inventa y alienta las denuncias por brujería de personas de baja posición social y poco apego entre sus conciudadanos que facilitaba y estimulaba las acusaciones en base a hechos nunca probados (y que tampoco se deseaba probar).
La obra novela el proceso de instigación contra las supuestas brujas del pueblo, el juicio y el castigo por sus obras y refleja toda esa perfidia y estupidez de un pueblo hambriento, inculto y adoctrinado por iluminados del Antiguo Testamento. Dado que la autora es británica, la referencia a la inquisición española tenía que estar ahí, pero la novela es un espejo de la enfermedad que suponía el puritanismo radical inglés que deja en nada -como demuestran los datos históricos- los procesos inquisitoriales españoles.
Las brujas de Manningtree es una obra entretenida, bien escrita y documentada que intenta mostrar las injusticias y el absurdo de las acusaciones de brujería de esa Inglaterra, pero que hace pensar también en el daño que provocan ciertas religiones cuando se imponen a la razón y se vuelven enfermizamente radicales.






